Los jesuitas y la rebelión de los Periúes, en la antigua California.

Evangelizar y "civilizar" con un dios ajeno y punitivo y con la fuerza cruz y el poder de la espada. Así han las historias de la conquista civilizatorias de todos los tiempos humanos. La rebelión no fue un acto de violencia gratuita, sino una respuesta desesperada ante la aniquilación cultural y física que enfrentaban. Los pericúes luchaban por recuperar su autonomía, sus tierras y su forma de vida.

El primero de octubre de 1734 marcó el inicio de uno de los episodios más significativos de resistencia indígena en la historia de Baja California Sur: la Rebelión Pericú. En ese día, en el poblado de Santiago Añiñí, el jesuita Lorenzo Carranco fue asesinado, desencadenando un levantamiento que se extendería por toda la península durante dos años y que transformaría para siempre las relaciones entre los pueblos originarios y los colonizadores europeos.

Los pericúes eran el pueblo indígena que habitaba el extremo sur de la península de Baja California desde tiempos ancestrales. Vivían en armonía con su territorio, desarrollando una cultura nómada adaptada perfectamente al árido pero generoso paisaje sudcaliforniano. Su cosmovisión, sus prácticas sociales y su organización comunitaria habían prevalecido durante siglos, hasta que la llegada de los misioneros jesuitas a finales del siglo XVII comenzó a transformar radicalmente su forma de vida.

Las misiones jesuitas, establecidas con el propósito de evangelizar y «civilizar» a los pueblos originarios, implicaban mucho más que la simple conversión religiosa. El sistema misional requería que los indígenas abandonaran su vida nómada, se asentaran en los establecimientos misioneros, adoptaran prácticas agrícolas europeas, y renunciaran a sus creencias y costumbres ancestrales. Para los pericúes, esto significaba la destrucción de su identidad cultural, la imposición de una moral extraña que condenaba prácticas como la poligamia —tradicionalmente aceptada en su sociedad—, y la pérdida de su libertad de movimiento por el territorio que habían recorrido durante generaciones.

Durante las primeras décadas del siglo XVIII, las tensiones fueron acumulándose. Los misioneros, particularmente el padre Nicolás Tamaral en la misión de San José del Cabo, impusieron con rigor las nuevas normas, castigando severamente cualquier transgresión a los preceptos cristianos y europeos. La prohibición de prácticas tradicionales, el trabajo forzado, las enfermedades introducidas por los europeos que diezmaban a la población indígena, y la transformación forzosa de su modo de vida crearon un caldo de cultivo para la rebelión.

El estallido llegó en octubre de 1734. El primero de ese mes, Lorenzo Carranco fue asesinado en Santiago Añiñí. Dos días después, el 3 de octubre, Nicolás Tamaral correría la misma suerte en la misión de San José del Cabo (Añuiti). El levantamiento se extendió rápidamente por toda la región sur de la península. Las misiones de Santiago de los Coras, San José del Cabo, Todos Santos y La Paz fueron atacadas. Los pericúes, junto con otros grupos indígenas que se unieron al movimiento, quemaron iglesias, destruyeron imágenes religiosas y expulsaron a los colonos europeos de sus territorios ancestrales.

La rebelión no fue un acto de violencia gratuita, sino una respuesta desesperada ante la aniquilación cultural y física que enfrentaban. Los pericúes luchaban por recuperar su autonomía, sus tierras y su forma de vida. Durante dos años, lograron mantener el control de gran parte del territorio, desafiando el poder colonial español y jesuita.

Sin embargo, la superioridad militar española y la llegada de refuerzos desde el continente finalmente sofocaron la rebelión en 1736. La represión fue brutal. Muchos pericúes fueron ejecutados, otros esclavizados o deportados. Las enfermedades europeas, que ya habían reducido drásticamente su población, continuaron su devastador trabajo. Para mediados del siglo XVIII, los pericúes prácticamente habían desaparecido como pueblo, víctimas de lo que hoy podríamos considerar un genocidio cultural y físico.

La Rebelión Pericú de 1734 representa un momento crucial en la historia de Baja California Sur. Fue un acto de resistencia ante la imposición colonial, un intento desesperado por preservar la identidad y la libertad. Aunque la rebelión fue finalmente sofocada, permanece en la memoria histórica como testimonio del coraje de los pueblos originarios de esta tierra y como recordatorio de las profundas injusticias del sistema colonial. Los pericúes, aunque desaparecidos como pueblo, dejaron su huella en la tierra sudcaliforniana, en sus pinturas rupestres, en los nombres de los lugares, y en la conciencia histórica de quienes hoy habitamos este territorio.

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Cronista Municipal de La Paz

Amado G Heredia Lerma

amadoheredia@cronicasmunicipales.com.mx

La Paz, Baja California Sur