Esta es la tercera llamada: ¡Viva el Teatro Juárez!

Mientras el telón se abre y la función inicia oficialmente, no puedo evitar sonreír en la oscuridad. Sé que estoy viviendo no solo un espectáculo artístico, sino también la continuación de una tradición que ha perdurado, conectando el presente con el pasado y proyectando el futuro. El Teatro Juárez vive, respira y late.

La oscuridad me envuelve poco a poco, como un abrazo familiar, cálido y reconfortante. Los murmullos del público se van apagando y la expectativa se siente en el aire. Me muevo en mi butaca de la fila D, silla 12, que no elegí al azar, sino que la seleccioné deliberadamente porque desde ahí puedo captar todos los sonidos del escenario y los murmullos de los asistentes. Siento que ese lugar, el D12, es el epicentro del universo teatral.

El “oscuro”, como se dice en el mundo del teatro, es casi total; solo una tenue luz se filtra desde arriba, iluminando el escenario y rompiendo esta penumbra sagrada. Aquí estoy, sentado en mi butaca 12 de la fila D, mi lugar habitual, esperando.

No es superstición ni cábala lo que me trae a este sitio específico, sino la perspectiva privilegiada que me ofrece: una vista panorámica del recinto, desde la imponente boca del escenario hasta el último rincón.

Cierro los ojos y me dejo llevar por el silencio. Es un silencio casi absoluto, interrumpido solo por el suave murmullo expectante del público que va llegando. Si afino el oído, como lo he aprendido a hacer con los años, puedo escuchar la respiración misma del teatro. Este lugar respira. Se siente antiguo, sabio, como un abuelo que ha sido testigo de todas las épocas, modas, tragedias y comedias humanas. Y vaya que ha visto cosas este venerable Teatro Juárez.

Mi mente viaja a 1888, cuando todo esto no era más que un sueño en la mente visionaria del general José María Rangel, entonces gobernador del territorio. La Paz era una ciudad pequeña pero llena de ambiciones, respirando el optimismo de la Belle Époque mexicana, esa época dorada del porfiriato donde el progreso parecía una promesa al alcance. Sin embargo, el proyecto permaneció dormido durante casi dos décadas, como tantos sueños que esperan su momento perfecto para hacerse realidad.

No fue hasta 1906 que se colocó la primera piedra en el lugar donde antes estaba el mercado de carnes de la ciudad. En ese momento, gracias a la intervención de varios comerciantes y personas adineradas de la época, se le otorgó su propio espacio en la acera de enfrente. Este inicio formal de la construcción del recinto coincidió con el primer centenario del nacimiento del ilustre don Benito Juárez García, y de ahí proviene el nombre de este templo de las artes. Recuerdo haber leído en los documentos del Archivo Histórico Pablo L. Martínez que un grupo increíble de mujeres, del Club Benito Juárez, impulsó esta iniciativa con una determinación que aún hoy sorprende. No querían un monumento frío de mármol o bronce; buscaban algo vivo, algo que latiera junto al corazón de la ciudad, algo que «moralizara» al pueblo, como lo expresó el coronel Agustín Sanginés, jefe político del distrito, con su lenguaje de la época. Con la valentía que caracteriza a las mujeres sudcalifornianas, en una época donde la participación femenina en la vida pública era limitada, organizaron kermeses, rifas, conciertos benéficos y vendieron butacas por adelantado a familias que creyeron en un sueño que aún no tenía forma física. No era un proyecto del gobierno, sino un esfuerzo genuinamente popular, nacido del corazón de una comunidad que creía en el poder transformador del arte y la cultura. La construcción avanzó lentamente, pero con firmeza. El teatro comenzó a levantarse en 1906 y fue inaugurado el 15 de septiembre de 1910, una fecha llena de simbolismo patriótico que coincidía con el centenario de la Independencia de México, aunque su construcción estuvo llena de desafíos.

Desde la comodidad de mi D12, imagino a los obreros sudando bajo el sol implacable de La Paz, a los arquitectos supervisando cada detalle de este edificio ecléctico que combinaría elementos neoclásicos con toques locales, a los carpinteros tallando cada pieza de madera del escenario, a los herreros trabajando arduamente, forjando los barandales de los palcos. Un grupo de mujeres se afana cociendo los telones, mientras sus esposos e hijos cuelgan las telas de los ganchos improvisados en las alturas. Los andamios están por todas partes, y los carros tirados por mulas y caballos transportan ladrillos y adobes desde las ladrilleras cercanas al panteón de Los Sanjuanes. Y justo antes de la inauguración, llega la peor de las noticias: los materiales para el techo se hundieron junto al barco que los traía desde el continente. Pero el entusiasmo no se apagó; en la fecha señalada, con techo o sin techo, ¡tendríamos nuestro evento inaugural!

El lugar elegido no fue casualidad: estaba en el corazón de lo que hoy conocemos como el centro histórico, en la intersección de las calles Belisario Domínguez, 16 de septiembre e Independencia. En 1910, esta área aún estaba en desarrollo, pero los visionarios del proyecto sabían que ahí latiría el futuro de la ciudad. Y no se equivocaron.

Esa mágica noche del 15 de septiembre de 1910, cuando el telón se abrió por primera vez, la élite paceña ocupó sus asientos, todos vestidos de gala. Las damas deslumbraban con sus mejores trajes importados, mientras que los caballeros lucían fracs impecables. En el aire flotaba una mezcla embriagadora de aromas: madera nueva, perfumes franceses y una palpable esperanza colectiva. Fue un doble festejo que quedó grabado con letras doradas en el corazón de La Paz: el centenario de la patria y el nacimiento de un verdadero templo cultural. Los años que siguieron fueron los dorados del Teatro Juárez. Se convirtió en el lugar de encuentro social y cultural por excelencia, un espejo que reflejaba la vibrante vida artística de la capital sudcaliforniana. En su escenario se presentaron las mejores compañías teatrales del país, los cantantes de ópera más renombrados, recitales de poesía y veladas musicales. El teatro se llenaba para disfrutar de las zarzuelas españolas, los dramas románticos, las comedias de Jacinto Benavente y los conciertos de música clásica que educaban el oído de varias generaciones. Y luego llegó el cine, esa maravilla tecnológica que transformaría para siempre la industria del entretenimiento.

Durante varias décadas, el teatro funcionó tanto como sala de teatro como de cine. En 1938, bajo la administración del gobernador Rafael Pedrajo, el recinto se modernizó con nuevas butacas más cómodas y se instaló un equipo de proyección cinematográfica de última generación. El Teatro Juárez se adaptó, se volvió versátil y democrático. Ya no era solo un lugar para la élite con sus palcos exclusivos; ahora las familias de clase media podían disfrutar tanto de las películas de Jorge Negrete y María Félix como de las obras de teatro que seguían en cartelera.

¡Cuántas historias de amor habrán surgido entre estas filas! ¡Cuántos niños habrán descubierto el fascinante mundo del arte por primera vez en este lugar! ¡Cuántas parejas habrán sellado su compromiso en la penumbra de una función de cine! El teatro se convirtió en un testigo silencioso de los rituales de cortejo, de las primeras citas y de esos encuentros sociales que tejían la vida comunitaria de La Paz. Pero, como en todas las historias, esta también tuvo su época oscura. Poco a poco, como una vela que se consume gota a gota, la luz del teatro comenzó a desvanecerse.

Los años sesenta y setenta trajeron consigo nuevas formas de entretenimiento: la televisión, los cines modernos con aire acondicionado y sonido estereofónico, y centros comerciales que transformaron los hábitos sociales. El público se dispersó, las funciones se volvieron menos frecuentes y los ingresos comenzaron a caer. En 1984, el cine teatro Juárez cerró sus puertas y quedó en el abandono. Yo viví gran parte de esa gloria cinematográfica y también de esa dolorosa época de olvido. Un día, no recuerdo cómo ni por qué, me encontré sentado frente a la imponente figura del Sr. Villegas, el gerente general de una empresa de Gabriel Alarcón, que operaba una gran cadena de cines en México, y en el sur de Texas. ––Aquí tienes que trabajar sábados y domingos, y tu día de descanso será miércoles o jueves. Nunca en fin de semana, que son los días más intensos ––me dijo, como si quisiera ver si estaba dispuesto a quedarme.

Lo que Villegas no sabía es que, años atrás, cuando mi familia llegó de Mazatlán, justo en el momento en que se inauguraban los transbordadores (los ferrys) en 1964, mi padre tuvo su primer trabajo, tras dejar la marina mercante, en un cine, el Cine California. Este cine estaba en la calle Revolución, entre Ocampo y 16 de septiembre, justo al lado de donde solía estar La Sirena de La Paz. Su trabajo, entre otras cosas, consistía en pintar a mano las imágenes de las películas que estaban por estrenarse en algunas bardas, ya que en ese entonces no había cartelones. Él hacía de diseñador y yo, con apenas 6 o 7 años, era su ayudante, cargando la caja con acuarelas y pinceles. Así fue como me quedé, y en un momento, incluso, fui gerente interino del cine teatro Juárez. Vi mucho cine, concursos de canciones, pastorelas, obras de teatro de todo tipo, cantantes y ceremonias de coronación y eventos políticos. Tuve la oportunidad de presenciar el final del Mercado Madero en su ubicación original, disfrutando de las carnitas del señor Barbosa, los taquitos de aserrín, y el puesto de intercambio de revistas de caricaturas. También recuerdo las peluquerías que parecían eternas y la sastrería del señor Fong. Pero de repente, todo eso se desvaneció. El centro perdió su encanto, las calles quedaron desiertas, y el teatro se sumió en el silencio. Recuerdo caminar por el centro histórico y ver las puertas cerradas, los carteles descoloridos pegados en las ventanas, y las butacas vacías cubriéndose lentamente de polvo y olvido. Era como un fantasma en el corazón de la ciudad, un recordatorio melancólico de tiempos mejores. El Teatro Juárez se había convertido en una herida abierta en el alma de La Paz, un símbolo amargo de que lo que no se cuida, inevitablemente puede desaparecer.

Durante más de diez años, el edificio fue cayendo en el olvido. Las goteras dejaron marcas en las paredes y en las viejas alfombras, la humedad del golfo de California se filtraba por cada rendija, y los ratones hacían nidos entre los asientos. El óxido se apoderó de las estructuras metálicas, y los grafitis de vándalos comenzaron a cubrir las paredes exteriores. Parecía que el teatro había perdido su lucha contra el tiempo y el abandono para siempre. Pero el espíritu de un pueblo no se rinde tan fácilmente. A finales de los años ochenta y principios de los noventa, nació un movimiento ciudadano decidido a rescatar el teatro. Hombres y mujeres que habían disfrutado de los años dorados del lugar, que guardaban en su memoria las emociones de su juventud entre esas butacas, se unieron con la firme determinación de devolverle la vida a su querido teatro. Pienso en Rosa María Mendoza y en tantos otros héroes, algunos anónimos y otros reconocidos, que formaron el Patronato de la Cultura. Fueron ellos quienes se negaron a dejar que este lugar muriera de verdad. Organizaron campañas de recaudación de fondos, presionaron a las autoridades, convencieron a la iniciativa privada y movilizaron a la sociedad civil. Fue un acto de amor y tenacidad, un esfuerzo titánico para restaurar cada tabla, cada columna, cada detalle ornamental, para devolverle la voz a quien había quedado en silencio. La restauración fue un proceso largo y complicado. Se tuvo que reforzar la estructura, cambiar la instalación eléctrica, pintar, instalar un sistema de sonido y tramoya básicos, y recuperar el esplendor original de los acabados y columnas. Cada peso recaudado fue una pequeña victoria, y cada día de trabajo traía consigo una renovada esperanza. Finalmente, el 11 de agosto de 1997, las luces se encendieron de nuevo, el telón se abrió con majestuosidad, y el aplauso del público resonó en el recinto como una confirmación rotunda de que la cultura, el arte y la historia pueden resurgir cuando hay una voluntad colectiva para hacerlo.

A pesar de haber tenido que pausar sus actividades en varias ocasiones, el Teatro Juárez está celebrando 115 años de historia, consolidándose como uno de los edificios más antiguos y significativos de La Paz. Y aquí estoy de nuevo, como tantas veces antes. Soy el Cronista Municipal de La Paz, y he sido un testigo silencioso de los tiempos que pasan. Desde mi D12, observo cómo la gente llega, se acomoda y se prepara para disfrutar de otra noche de arte. Muchos de ellos son jóvenes, nacidos después de la reapertura, que no tienen idea de todo lo que este lugar ha presenciado, de las tormentas históricas que ha enfrentado y de las resurrecciones que ha vivido. El centro histórico ha cambiado de manera impresionante. Las calles han sido modernizadas, han llegado restaurantes gourmet, galerías de arte y boutiques. El malecón se ha transformado en un atractivo turístico internacional, y La Paz ha ganado reconocimiento mundial por su belleza natural y cultural. El Teatro Juárez sigue aquí, firme e imperturbable, como un faro que guía a las nuevas generaciones hacia el arte, la historia y la reflexión. Es un recordatorio constante de que la cultura es una fuerza viva, indomable, que se niega a desaparecer. Cada función es una pequeña victoria contra la barbarie, cada aplauso es un acto de resistencia contra la mediocridad, y cada lágrima derramada en la oscuridad de la sala es una confirmación de que el arte sigue siendo esencial para la dignidad humana.

Me siento increíblemente afortunado de ser parte de esta nueva etapa, de este capítulo moderno de una historia que comenzó hace más de un siglo. Soy testigo de cómo las nuevas generaciones se apropian de este espacio, lo hacen suyo, y le dan su toque personal, sus inquietudes, sus sueños. Veo a estudiantes universitarios que vienen a ensayar, grupos de teatro independiente que encuentran aquí su hogar, músicos que hacen su debut en este escenario legendario, conferenciantes que aprovechan la acústica perfecta del lugar.

La luz de la sala comienza a atenuarse poco a poco. El murmullo del público se apaga como por arte de magia. Los celulares se silencian, las conversaciones se detienen, y la atención colectiva se centra en el escenario. El telón empieza a abrirse de manera lenta y ceremoniosa, revelando gradualmente el espacio donde se desarrollará la función de esta noche. El espectáculo está a punto de comenzar, como ha sucedido miles de veces desde 1910, y seguirá comenzando mientras haya una sociedad que valore el arte y la cultura. Y la historia, esa larga y fascinante historia del Teatro Juárez, sigue escribiéndose. Cada noche es una nueva página, cada función es un capítulo inédito, y cada generación que ocupa estas butacas añade su propio verso al poema colectivo que es la vida cultural de La Paz. Este teatro no es solo un edificio; es la memoria viva de una ciudad, el guardián de sus sueños más nobles, y el custodio de sus tradiciones más queridas.

––Su atención, por favor, les pedimos a todos que pasen a ocupar sus localidades, esta es la tercera llamada, ¡tercera llamada… comenzamos!

Mientras el telón se abre y la función inicia oficialmente, no puedo evitar sonreír en la oscuridad. Sé que estoy viviendo no solo un espectáculo artístico, sino también la continuación de una tradición que ha perdurado, conectando el presente con el pasado y proyectando el futuro. El Teatro Juárez vive, respira y late.

Y mientras haya corazones que se emocionen con el arte, el Teatro Juárez seguirá siendo eterno.

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Cronista Municipal de La Paz

Amado G Heredia Lerma

amadoheredia@cronicasmunicipales.com.mx

La Paz, Baja California Sur